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martes, 18 de diciembre de 2018

CINES Y TEATROS DE PLASENCIA. DATOS PARA LA HISTORIA.




En el siglo XVI hay en la ciudad tres teatros o corralas estables, uno estaba enfrente de la iglesia de San Esteban, otro en la calle de Cartas (quizás en la esquina con la calle del Borrego), y el otro en el patio del convento de San Francisco
EL CINE ROMERO

El solar donde se asentaría el cine Romero fue en sus principios el primer ayuntamiento de la ciudad estaba al lado de la iglesia de San Pedro, en el solar que fue el Teatro Romero, y en la actualidad es un centro de la Compañía Telefónica. A este Ayuntamiento se le conoció con el nombre de “Casa y Corral del Concejo”.
El día 21 de mayo de 1.893 se inaugura en Plasencia el Teatro Romero, estaba situado al lado de la iglesia de San Pedro, en el solar que hoy ocupa la Telefónica, aunque sus propietarios quisieron construirle en el solar que había delante de la iglesia de san Esteban, hoy ocupado por la plaza de abastos, pero el ayuntamiento se lo denegó.
 Era todo de madera y fue uno de los primeros teatros que tuvo luz eléctrica en España. La instalación de la luz eléctrica corrió a cargo del ingeniero don Gastón Bertier, persona muy unida a esta ciudad. Las pruebas de iluminación se hicieron el día 11 de mayo a las once de la mañana, y el teatro estaba lleno de placentinos para ver este evento, fue un éxito de funcionamiento y el propietario del teatro invitó a los presentes con bebidas y dulces.
 Este teatro se llamó así por uno de sus dueños que se llamaba José Romero, el otro propietario era el industrial placentino don Julián Serrano. Anteriormente fue conocido como Teatro Maravillas, de Madrid, aunque en la Patria Chica (periódico local) se decía que era el Teatro Tívoli.
         Al ponerlo en venta D. José Romero lo compro, y se presentó a desarmarlo con su socio Julián Serrano, el cual era carpintero, lo cual lleno de asombro  a sus anteriores propietarios pues creían que no serían capaces luego de armarlo, lo cual no fue verdad pues se montó en la ciudad sin ningún contratiempo.
El teatro tenía once metros por quince, en forma de herradura, con 276 butacas y doce plateas o palcos, seis a cada lado, en la planta baja.
En la planta alta, eran catorce los palcos, más el “paraíso” o “gallinero”
La función de inauguración fue el día 21 de mayo, con la obra titulada “La Tempestad”
         Muchísimas son las anécdotas que sucedieron en este local en el breve tiempo de existencia que tuvo, pues en 1.956 dejó de funcionar.
         Se solía rifar con el número de la entrada un regalo, al cual se le llamaba " La Dormida". Consistía el tal regalo en una prostituta contratada para la ocasión y a quien le tocaba tenía que subir al escenario a por ella y llevársela con el consiguiente cachondeo del público asistente.


   Este teatro duró muy poco tiempo, pues en el año 36 se destinó como cuartel de las tropas Regulares, y cuando terminó la guerra  fue manteniéndose malamente, hasta que el gran huracán del 41 (que devastó media España) se llevó el tejado del teatro y lo quedó arruinado. Los propietarios lo dedicaron a cine de verano y se derribó en el año 1.956.
         Por el año 1.930 se edificó otro teatro en la ciudad, este se montó en el parque de San Antón, donde hoy está la Cruz de los Caídos. Su propietario se llamaba Domenech de apellido, y el teatro también se llamó así. Duró muy poco tiempo. En el año 1.923 una familia de la ciudad, de apellido Sequeira montó en el antiguo convento de San Francisco un teatro, y como es natural se llamó Teatro Sequeira. También se hacían películas de cine mudo que era lo que había entonces, y para animar la función se contrataba un músico que se pasaba la película tocando canciones de la época. A partir del 1.954 se reforma y se convierte en cine sonoro.
Fueron muchas las obras de teatro, zarzuelas, mítines políticos (José Antonio Primo de Rivera estuvo allí), carnavales, fiestas etc. que se celebraron en este local. Durante la guerra civil, sirvió de cárcel para prisioneros de guerra.
Se cerró definitivamente por los años 70, del siglo XX.

REQUIEN POR UN TEATRO.
EL TEATRO ROMERO

El día 30 de mayo de 1892, quedó instalado en nuestra Ciudad, el teatro Romero, antiguo Tivoli de la Capital del España. Fue adquirido por Don José Romero y Don Julián Serrano Herrero, tomando el nombre del apellido del primero que conservó hasta su total demolición.

Era todo de madera, por eso se pudo trasplantar integro, tenía forma de herradura con dos pisos y capacidad de aforo muy a tono con las necesidades de nuestra Ciudad en aquel entonces. Vino provisto de extensos decorados y un riquísimo archivo impreso en tela de las famosas zarzuelas de aquellos líricos tiempos. Se inauguró el día 30 del florido mes de mayo de 1892, con la gran zarzuela “ La Tempestad”, a la que siguió dentro de la línea lírica, el “Anillo de Hierro”, “ El Rey que Rabió” etc. De los primitivos dueños, pasó a poder del Sr. Cuevas, quién a su vez, lo vendió a un triunvirato formado por Arturo Gamonal, Don Luis Díaz y D. Valeriano Mateos, pasando de estos señores, posteriormente a varios dueños más. Fue muy popular en su explotación por el propietario Sr. Domenech, que por 1930 montó un “teatro Romero” de verano en donde está ahora la Cruz de los Caídos.

Estaba enclavado en la calle de San Pedro contiguo a la iglesia que da nombre a toda esa geografía urbana placentina. Sus aledaños fueron el campo de deportes, experimentos luchas e intrigas muchacheras de muchas generaciones. En su minúsculas plazueleta abigarrada de mozalbetes, estaba la escalerilla pétrea, hoy desaparecida de la iglesia, que servía de asiento a la chiquillerías los días del carnaval, cuando entonaban el monocorde de ¡Ea!,!Ea!, con que saludaban a las máscaras que iban al teatro.

En el centro se hicieron los primeros ensayos espaciales, consistentes en elevar artefactos al cielo; en este caso eran botes de hojalata impulsados por la energía concentrada que tenía el carburo al producirse el estado de ebullición al contacto con el agua. Estos experimentos, hasta producían sus precauciones entre los asistentes y no era raro ver tumbados en el suelo a todos los Von Braum en ciernes.. También partían de aquí, las “razias” que los lunes por la noche hacían con los sacos de patatas situados en la parte sur de la Plaza Mayor. El botín al igual que los antiguos bucaneros, era depositado a los pies de los “capitanes” que ordenaban su destino. Este solía ser el asador del producto y después repartirlo, no con mucha equidad, pero si siendo todo los partícipes. El combustible se lo proporcionaba el viejo corralón de D. Ángel Lucio (Hoy correos y Telégrafos) lleno de cajones de envases de madera.
 De aquí salían las “partidas” que combatían con otras de la ciudad, en las famosas peloteas que tenían como escenario el Berrocal. En una de ellas un chiquillo llamado “Chiquino”, hizo un disparo con una vieja pistola, lo que origino el rápido abandono del campo de lucha.

Tenía también la mencionada plazoleta una fila de losas que iban por el centro y morían en la cancela de la verja del teatro. Estas losas servían para jugar a pídola y el número de ellas indicaba la capacidad del salto de cada jugador. La cancela a la que nos referíamos antes servía de entrada al teatro en tiempo bueno; cuando era desagradable, se situaba en la puerta principal. Junto a la cancela estaban las taquillas, que luego se ubicaron horadando el desnivel que había entre jardín y la calle. Lo primero que se encontraban era naturalmente a los porteros, uno de ellos era el Sr. Modesto padre de una generación bastante abultada y que heredaron de él su color moreno, por eso todos los hijos llevaban este sobrenombre, “Manolo el negro”, “Mercedes la Negra”, etc. Era menudo y magro siempre tocando la gorra y a falta de un trozo  de dedo gordo de la mano derecha, era curioso ver como repartía los anuncios.

El frontis de la fachada tenía varias ventanas en el piso primero y segundo. La puerta principal a traspasarse daba de cara a la cabina, situada al mismo nivel y que descubría en tiempos caluroso, las “misteriosas” del Sr. Teodoro, “Pichichi” personajes polifacéticos de gran importancia en la empresa. A ambos lados del edificio, había sendos pasillos; el de la derecha conducía al ambigú y mediante una escalera, se subía a las localidades del piso superior llamadas pomposamente “paraíso”. El de la izquierda, llevaba a los almacenes y a los camerinos. La sala era de forma de herradura y consistía en plateas, patio de butacas y anfiteatro, en la planta baja.

La superior constaba de palcos, bancos corridos y el “paraíso”. Esta gran variedad de localidades plasmaba la gran variedad de clases sociales de entonces; poderosos, ricos, medianeros, profesionales y obreros. Era como la gran familia que se reunía jueves y domingos, para alegrar un poco el espíritu, unas veces con espectáculos de gran sencillez y otras de fondo malsano; se lloraba, se reían y se preocupaban todos a la vez, exteriorizaban colectivamente sus sentimientos menos lo de la gran clase que guardaban siempre las formas. Lo que más proliferaba era el cine mudo con aquellas películas seriadas que tenían al espectador en vilo toda la semana y como prólogo eran precedidas por cortometrajes de risas; en ellos se vieron desfilar a “Tomasin”,”Maciste”, Buster Keaton, “Pamplinas”, Chalot, “la Pandilla” y otros muchos. En los largos desfilaron por la pantalla los nombres de Rodolfo Valentino en el Hijo del Cid, Douglas Fairbans en el Pirata Negro, Pola Negri la de los ojos profundos, Tom Mix…


Después, en las pantallas las Talkies, eran los años 30, lo de la aparición del charlestón con sus aditamentos coreográficos del inseparable sombrero de paja a lo Chevalier y el flexible bastón de bambú, época de la cabaña del Tio Tom, el exterminio de la raza de los pieles rojas por los yanquis, el Yoyó y el Diábolo.

En la proyección de los Tres Mosqueteros, se agitaba toda la población infantil de Plasencia. El Sr. Teodoro y dos más recorrían las calles de la ciudad vestidos como los personajes de la novela de Dumas, con tizona y todo, cabalgando unos jamelgos muy vistosos. La escolta chiquilleril no es para describirla y la afición a la espada duraba entre ellos bastante tiempo.
El cine sonoro se inició con el sistema de discos, proyectándose la  película de terror “La mano del muerto”.

Los prolegómenos, intermedios y finales de la función, eran amenizados, según rezaban los anuncios por una orquesta. Era el Maestro Valdés, Manolo Mateos, Espada y Doña Querubina. Estos eran los encargados de que entre la juventud de entonces conociesen a dedillo las zarzuelas de la época, e incluso piezas clásicas, como el momento musical de Schubert. Una anécdota que sucedió un día a uno de los maestros citados, fue en el “varietés” de unas de dichas funciones con la actuación de un conjunto gaucho muy típico, con sus grandes chambergos colgados a la espalda, ancha blusa, pañuelos de vivos colores, y pantalón negro rematado en bota alta, que tenía como final espuela plateada. Pues bien, terminada su actuación de pericones y tangos, hubieron de saludar al público y cuál fue la sorpresa al ver que el pianista era el Sr. Espada.

En estas actuaciones, vieron verdaderas figuras de “varietés” de la época., Lupe Rivas Cacho, la gran mejicana Irusta, Fugazoz y Demare que trajeron los aires melancólicos de la Pampa, el gran. Stela, famoso imitador de artistas de todo género, desde la “Goya” hasta la “Argentinita”, e infinidad de artistas, entre ellas una famosa cupletista placentina: La Zá Zá” Teresa Maraval Torres.

Hubo una época en que el teatro aficionado tuvo gran relieve en nuestra ciudad, e incluso acometieron la interpretación de obras tales como “Don Juan Tenorio”. En ella aconteció un caso muy gracioso. Uno de los “extras”, que hacía de estatua en el cementerio, se conoce que bebió más de la cuenta. Con el calor de la luz de los focos, sentiría revolverse en su interior, lo cierto en que en un momento crucial, hubo de decir en alta voz; “Aparta Morgao que me gomito”, a D, José Morgado que hacía de “Don Juan” y reclamaba delante de la estatua. En otro año, Morgado no fue capaz de hacer disparar la pistola de D. Juan, pero ya el Comendador se había tirado al suelo, D. José salvo la situación diciendo muy sereno. “Ha muerto del susto”. Por la segunda década de siglo actuaba una compañía de aficionados que puso en escena bastante obras de categoría y en la que destacaban D. Juan Jiménez Gamonal, D. José Diez García, D. Valentín Macias y las señoritas María Torres y Pilar Gallego; también se dedicaron al género lírico, y muchos aficionados recuerdan el dúo de la “Marcha de Cádiz” cantado por D. Godofredo Monge y la señorita Pilar Gallego. Otra compañía de aficionado más modesta estaba encabezada por D. José Morgado y Francisco Mirón.

Una Sociedad Municipal Placentina organizó por la misma época varios conciertos en lo que destacó como pianista la profesora D.ª Sagrario Dueñas, esposa del placentino D. José García Sevilla que entonces era comandante en la Caja de Reclutas de nuestra ciudad.

En Junio de 1922 sirvió el teatro de marco a los magníficos juegos florales organizados por el Ayuntamiento con motivo de las ferias de junio, en las que fue mantenedor D. José Ortega Munilla, ilustre periodista padre de D. José Ortega y Gasset, el cual vino por gestiones de su primo el farmacéutico e historiador  D. Joaquín Rosado Munilla- Gano la flor natural un poeta placentino, D. José Neria, por su poesía el “Espectro”.
En aquellos tiempos de feria la actividad del teatro adquiría su punto álgido. Aquí se daban cita los mejores conjuntos líricos de España y las compañías de comedias de mejor prestigio. La que llevo siempre la mejor admiración del público, sin duda alguna, fue la eximia actriz María Gamez. El regusto de su exquisito arte, era comentado con gran delectación aún después de la marcha por todos los aficionados.

Otras de las efemérides grandes del simpático coliseo, eran los Carnavales. Agobiantes y multitudinarios,” con humo, polvo y sofoquina” en grado superlativo y que deparaban unas estupendas “garrasperas”, que hacían necesario usar en grado masivo de “juanolas”. Había que ir necesariamente vestido de algo, lo que imponían ese rito casi ortodoxo de la juerga, y para eso estaba en la calle del Sol, la tienda de la Gumersinda- Allí por unos reales salían de frac, almirante, Pierrot, Alerquin…y ellas no digamos desde cocineras a María Antonieta, pasando por Maritornes.

El cansancio  acompañado del fingimiento  que hacía variar la voz, invadía a todos los asistentes enseguida, pero había una especie de motor absurdo que impulsaba a los seres a seguir a seguir… produciendo una alegría ficticia. Estas carnestolendas que precedían al miércoles de ceniza tenían una pausa en que la gente aprovechaba para descansar. Este respiro orgiástico, tenía muy mala fama por ser el día de los “resabiados”. Era una función de baile  de asistencia reducida a la que solo asistían las mujeres de dudosa catadura moral y los antedichos varones. Los papelitos, serpentinas y tapones, producían trabajo extra a los basureros de entonces.

También se celebraban jornadas boxísticas en las que tomaban parte los aficionados locales. Una de ellas suscitó una expectación inusitada, nada menos iban a contender en la pelea de  fondo de Sebastián “El Colombia” y Máximo “Bocanegra”. El primero venía precedido del país hermano de América de gran fama deportiva, su personalidad muy polifacética, dominaba algunos deportes entre ellos el boxeo; Máximo era el típico hombre fuerte de gran pegada pero poco iniciado en los secretos de la boxe. El final fue rápido y contundente. Un descuido de Máximo dio en la lona con él. Fue un K.o. espectacular que dio fama al Colombia.

Durante la guerra civil española, también sirvió este teatro de albergue a las fuerzas que venían a descansar u organizarse en esta bella tierra. Batallones canarios, Tabores de Regulares, Intendencia, etc. Fueron sus moradores y finalmente estuvo alojada en él mucho tiempo la recuperación del grupo de Regulares de Melilla a cargo del Capitán Rodríguez.

Después de la guerra civil fue desmantelado por el huracán que asolo nuestra ciudad en febrero de 1941, no quedando nada más que las cuatro paredes y utilizándose posteriormente como cine de verano. En una de estas funciones al aire libre hubo una anécdota curiosa. Fue en la película Hamlet, en la escena en que madre e hijo muy amorosamente en una alcoba, ambos se besaron, con tal ardor, a juicio de un asistente general, que le hizo exclamar; “no pues ese no es un beso de un hijo a una madre” …a lo que otro “chusco” respondió; “no, ese es un beso de padre y muy señor mío”.
Muchas más anécdotas se podrían contar de este Teatro, pero harían interminables estas líneas amén de herir alguna las buenas formas de sociabilidad.
Fue inmolado en aras del progreso y la velocidad. Seguro que los cincuentañeros de la época deberían haber sentido una gran nostalgia con la definitiva desaparición de este popularismo coliseo, que llenó casi setenta años, la vida alegre, cultural, deportiva, pintoresca y artística de nuestra querida Ciudad.

José Antonio Pajuelo Jiménez - Pedro Luna Reina.


Del pasado, fijémonos en la llama, no en las cenizas. Jéan Jaures.


                             "CREANDO CULTURA"



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