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viernes, 29 de mayo de 2020

LA COLCHA DEL EMPERADOR.


LA COLCHA DEL EMPERADOR CARLOS V.

Encontramos en la Revista Hidalguía, número 28 de mayo-junio de 1958, el curioso artículo sobre la Colcha del Emperador Carlos I de España y V de Alemania, escrito por don Miguel Sánchez-Ocaña y López de Bergés:


Siempre ha estado la Alta Extremadura ligada a la memoria del Emperador Carlos V. Su residencia de casi dos años en Jarandilla y Yuste hasta su muerte el 22 de septiembre de 1558, y los años que sus restos reposaron en aquel Monasterio, hasta que fueron trasladados al de San Lorenzo del Escorial en 1574,
El ser Yuste del Obispado de Plasencia, a donde pertenecía y sigue perteneciendo, y pertenecer a la jurisdicción, en aquella época, del Concejo de esta ciudad, lo que dio lugar a que el Corregidor se presentara en el Monasterio reclamando el cadáver del Emperador.
Las honras fúnebres que se celebraron en la Catedral Nueva, según acuerdo del Cabildo extraordinario reunido el día 25 de septiembre, y con las que se inauguró dicha Catedral, a pesar de los graves inconvenientes que suponían las obras no terminadas y la falta de puertas y ventanas, siendo con esto la Catedral de Plasencia la primera donde se celebraron funerales por el Emperador. Estando unida también esta Catedral a la memoria de don Carlos por los escudos y efigies que el Cabildo ordenó colocar según varios acuerdos. Cumpliendo uno, de 5 de enero de 1543, de pusieron, a la derecha de una ventana que está sobre la portada que da a la Corredera, las Armas Imperiales, y al otro lado, las del Obispo don Gutierre de Carvajal.
En las paredes interiores están alternados los escudos del Emperador y dos del Obispo. En la fachada llamada del enlosado se esculpió la figura de don Carlos encima de su escudo. Y en la fachada principal, en el tercer cuerpo, en la parte alta fuera del arco central, un medallón con su efigie. También en dicha fachada existen otros medallones que representan al Papa Paulo IV, que lo era en aquellas fechas, al Obispo don Gutierre y a la Princesa doña Juana, Gobernadora por ausencia de don Felipe.
El Canónigo Archivero de esta Iglesia Catedral de Plasencia, don Manuel López Sánchez-Mora, publicó en el periódico “El Regional”, de esta ciudad, durante el año pasado una serie de artículos documentadísimos sobre estos y otros extremos relacionados con don Carlos y de donde están tomados varios de estos datos como señalamos en la nota número dos.
Por estas causas, la Alta Extremadura ha conservado un recuerdo lleno de afecto hacia la figura de don Carlos, que no se ha perdido en el transcurso de los siglos.
Prueba de ellos es que la reconstrucción de Yuste ha sido un deseo general durante años, y el impulso que a las obras de restauración se ha dado en estos últimos años, motivo de satisfacción para todos.

Y como una contribución más al homenaje que Extremadura tributará en unión del resto de España a la memoria de S. M., me ha parecido oportuno dar a conocer la existencia actual de la colcha que tenía en su cama de Yuste el día de su muerte, y que   creemos apenas sea conocida fuera de un reducido círculo de personas.
Dicha colcha, a la muerte del Emperador, fue conservada por los frailes jerónimos de Yuste hasta la desaparición de la Orden en España, como consecuencia de las funestas leyes de Desamortización del siglo pasado. Entonces el Prior de Yuste, fray Eugenio Delgado y Garrido, se la llevó como depósito a su pueblo natal de Riolobos, donde murió el día 21 de noviembre de 1849 a los setenta años de edad, siendo enterrado en el cementerio de la Iglesia Parroquial, pasando la colcha, bien directamente o a través de su hermana doña María Teresa, al sobrino de ambos don Juan Delgado de la Calle, natural y vecino de Plasencia, e hijo de don Ventura Delgado Garrido, nacido en Riolobos, y de doña Ana María de la Calle y Calle, natural de Tejeda (Cáceres).
Don Juan Delgado, en su testamento ológrafo fechado en Plasencia a 30 de diciembre de 1895 y que fue protocolizado por el Notario de esta ciudad don Luciano María Torres con el número 165 del Registro General de Instrumentos Públicos del año 1899, textualmente dice: “Mando también que se siga cumpliendo por mis hijos lo dispuesto en los testamentos de mi hermana doña María Teresa que (e.p.d.) y de la señora  Ana Rodríguez y Pascual que (e.p.d.) hasta terminar los años que faltan, poniendo mucho esmero en la conservación del depósito  que obra en poder mio procedente del extinguido Monasterio de San Jerónimo en esta provincia y cuyo depósito consiste en dos Agnus Dei con pedestales de metal amarillo  de bronce o cobre y una colcha de seda entretelada de algodón, que es la misma que tenía en su lecho S. M. el Señor don Carlos Primero, Rey de España y quinto de Alemania el día de su fallecimiento, ocurrido en el dicho Monasterio. Aconsejo a mis hijos entreguen este depósito  a S. E. el Nuncio de S.S. en España.
A su fallecimiento, ocurrido el día de agosto de 1899 en Plasencia, sus hijos acordaron que la colcha quedara en poder de su hermana doña María, hija del mencionado señor, y de su esposa doña Adelaida Gómez-Nadales y Bejarano, natural de la villa de Alburquerque, en Badajoz, e hija de don Victoriano Gómez-Nadales, también de Alburquerque, y presidente que fue de la Sala Primera de la Real Audiencia de Puerto Rico.
Este acuerdo entre hijos consta en la Base Séptima de la Escritura de División de Bienes y Aceptación de Herencia de su padre, otorgada por su Albacea y herederos ante el Notario don Atanasio Sánchez Castillo en Plasencia, a 30 de mayo de1900, y que literalmente dice así: “Se expresa también que obraba  en poder del testador y en depósito una colcha de seda y dos Agnus Dei, procedentes del Monasterio de Yuste, siendo la primera la que tenía en su lecho al fallecer don Carlos Primero de España, disponiendo que sus hijos pongan mucho esmero en su conservación y aconsejándoles que lo entreguen al Nuncio de S.S., todo lo cual se encarga a los herederos para que lo cumplan en la forma conveniente, acordando éstos quede en poder de la heredera doña María en calidad de depósito.
Esta señora doña María de Guadalupe Delgado y Gómez-Nadales contrajo matrimonio en Plasencia, en el año 1903, con don Fernando Sánchez-Ocaña y Silva, que era hijo de don Pedro Sánchez-Ocaña y Clavijo y de doña Asunción Silva y Lozano.
El día 8 de diciembre de 1921 fallecía doña María en su casa de Plasencia, sobreviviéndole su esposo sólo unos meses, ya que murió en agosto del año siguiente.
Por ser los hijos de poca edad, en aquella fecha, pasó la colcha a la tía de estos, doña Isabel Sánchez-Ocaña y Silva, que la conserva en la actualidad.
Como se desprende de este relato, y aun sin documentos en que conste la entrega de la colcha por la Comunidad de Yuste a su Prior, Fray Eugenio Delgado, dado lo azaroso de los tiempos, quede que ni se hiciera o que se haya perdido, es muy difícil dudar de la autenticidad de la misma, a la vista de los documentos a que nos referimos y a la tradición familiar de la familia Delgado y que ha llegado hasta nuestros días.

Hasta aquí, el artículo de la revista.

Pero investigando más sobre este hecho. nos encontramos en el periódico El País de 23 de julio de 1996, “una continuación” de este artículo de don Miguel. El artículo se llama “Las Colchas del Emperador”, lo firma don Jeremías Clemente Simón, y dice así:
“El emperador Carlos I de España y V de Alemania debió utilizar muchas colchas para su lecho del monasterio de Yuste (Cáceres), el lugar elegido para su retiro. La Guardia Civil de Badajoz, a instancias de un juzgado pacense, ha recuperado en Almendral media colcha presumiblemente perteneciente al juego de cama del lecho mortuorio del emperador. Los agentes hallaron el fragmento en el domicilio de una familia vinculada, al parecer, con Juan Delgado de la Calle, que en 1895 dejó una colcha bordada en seda entretelada de algodón como legado a sus herederos, indicando que había pertenecido al padre de Felipe II y que deberían entregarla al nuncio de su Santidad en España. Tan sólo se ha encontrado media colcha. Y es que los herederos de Juan Delgado de la Calle, no poniéndose de acuerdo sobre el legado, tomaron la decisión salomónica de partir por la mitad tan real pieza de cama. Pero ésta no debe ser la única colcha que utilizó el emperador. En el monasterio de Yuste existe otro ejemplar, vinculado igualmente con Carlos I, que en 1957 donó una familia de Jaraíz de la Vera, con acta notarial, a la Orden de los Jerónimos. Esta familia la habría recibido del último prior que regentó el monasterio antes de la desamortización de Mendizábal.”
Como vemos, los herederos del Prior se olvidaron de que ellos no eran los dueños sino, simplemente, los depositarios de un legado que debería haber llegado entero hasta nuestros días.

lunes, 18 de mayo de 2020

MADRE MATILDE (1841-1902).

MADRE MATILDE.

Matilde Téllez Robles nace en Robledillo de la Vera (Cáceres - España) el 30 de mayo de 1841, en un día de plenitud primaveral inundado por la luz de la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Recibe las aguas bautismales en la iglesia parroquial al día siguiente de su nacimiento. Era la segunda de los cuatro hijos de Félix Téllez Gómez y de su esposa Basilea Robles Ruiz. En noviembre de 1841, el padre, por su profesión de notario, se establece con su familia en Béjar (Salamanca), ciudad notable por su industria textil.
En esta ciudad va creciendo la pequeña Matilde; recibe una formación cultural básica, propia de su clase social media, y una esmerada formación religiosa, iniciada en el ambiente profundamente cristiano de su hogar. Guiada por su madre, ya desde pequeña comienza a amar intensamente al Señor y a ejercitarse en la práctica de la oración y en las virtudes, con una tierna devoción a la Virgen y una gran compasión por los necesitados y los pecadores.
Todavía muy joven, cuando todo en la vida le sonríe, Matilde hace su opción radical y definitiva por Cristo, decidiendo entregarse de lleno a Él y a buscar corazones que le amen.
Su madre la apoyará siempre en este empeño, pero su padre, que ambiciona un porvenir halagüeño para su hija en el matrimonio, la obliga a alternar en la vida de sociedad, limitándole además el tiempo que pasa en la iglesia. Ella, obediente, se adorna y alterna luciendo su gracia juvenil. Pero aún así, su inclinación por las cosas de Dios es manifiesta, y, al fin, D. Félix, vencido por la constancia de su hija, la deja en libertad para que siga el camino por ella elegido.
Matilde continúa intensificando su vida espiritual; su devoción a la Virgen la lleva a una profunda intimidad con Jesús Eucaristía, a quien ama apasionadamente. Aun «¡en medio del invierno ardía al acercarme a un sagrario!», nos dice en sus escritos.
A los 23 años es elegida presidenta de la asociación de Hijas de María, recién establecida en Béjar, y poco después la nombran enfermera investigadora de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Ella, en su ardiente deseo de ganar corazones para Jesús, exclama ante el sagrario: «¡Mi dueño, Jesús amante! El mundo está lleno de necesidades. Todos tienen corazón. Yo voy a por los que pueda. Yo te los traeré».

Conjugando la contemplación con la acción, Matilde se lanza por largos años a una intensa actividad apostólica con niñas y jóvenes, pobres y enfermos; trabaja con las Hijas de María, da catequesis, atiende la escuela dominical, prepara para el matrimonio cristiano y acompaña a jóvenes vocacionadas; recorre alegre la ciudad en todas las direcciones para llevar consuelo y ayuda a cualquier enfermo o necesitado, «visitando a su amante Jesús en la persona de sus pobres».
Siempre contemplativa en la acción, la Eucaristía es su fuerza, el sagrario su refugio durante prolongadas horas de oración, y la Virgen su guía, su maestra y compañera inseparable.
Desde joven siente la llamada a la vida religiosa y ya entonces recibe ante el sagrario la inspiración de fundar un Instituto religioso. Así se lo comunica al Papa Pío IX en carta del 4 de mayo de 1874.
Pero su padre vuelve a probar a su hija impidiéndole realizar su vocación, a causa del clima político anticlerical de aquella época en España.
Matilde entre tanto sufre en silencio, ora y espera, alentada por su director espiritual, D. Manuel de la Oliva, sacerdote filipense, hasta que por fin su padre le concede la ansiada autorización.
Ella exulta de gozo en acción de gracias a Dios y rápidamente lo prepara todo para iniciar la fundación con siete jóvenes de las hijas de María, que se han comprometido a seguirla en la vida religiosa.
El 19 de marzo de 1875, solemnidad de San José, deben reunirse todas para la celebración eucarística en la Parroquia de Santa María y desde allí marchar a la casa preparada para iniciar la vida religiosa. Pero de las siete jóvenes comprometidas sólo una se presenta: María Briz. Ante esta gran prueba, Matilde no se desalienta. Fortalecidas con el pan de la Eucaristía, ella y su única compañera se dirigen gozosas, con heroica intrepidez, a la «casita de Nazaret», como Matilde la denomina.
En esta casa tratan de imitar a la Sagrada Familia de Nazaret, viviendo con mucho amor y alegría en recogimiento y oración, en humildad y pobreza, sin contar con nada y plenamente confiadas en la Providencia. En la casa no tienen todavía sagrario, pero las acompaña una imagen de la Virgen ante la que oran y a quien se lo consultan todo.
Pocos días después, conjugando siempre la contemplación y la acción, reciben un grupo de niñas huérfanas en casa, dan clase a niñas pobres y atienden a los enfermos en sus domicilios. Su testimonio evangélico va atrayendo a algunas jóvenes a unirse a ellas, a pesar de las críticas de quienes consideran la fundación como una locura.
El 23 de abril de 1876, el obispo de Plasencia, D. Pedro Casas y Souto, autoriza provisionalmente la Obra con el título de «Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada»; y el 20 de enero de 1878 Matilde y María visten el hábito religioso en Plasencia.
A últimos de marzo de 1879 la comunidad se traslada de Béjar a Don Benito (Badajoz), donde instalan el noviciado, acogen niñas huérfanas, ponen clase diaria y dominical, atienden a los enfermos en sus casas y ayudan a los pobres.
En la comunidad se respira el espíritu de Nazaret y toda la vida de la casa gira en torno al sagrario, ante el cual, turnándose, las Hermanas pasan varias horas todos los días. También la Virgen recibe un culto especial.
El 19 de marzo de 1884, el mismo obispo erige canónicamente la Obra como Instituto religioso de derecho diocesano, y el 29 de junio, la Fundadora con otras Hermanas emiten la profesión religiosa.
Al año siguiente se declara una terrible epidemia de cólera en la ciudad. La M. Matilde y todas las Hermanas se entregan heroicamente al cuidado amoroso de los apestados, despertando gran admiración en el pueblo su exquisita caridad evangélica. Muere contagiada Sor María Briz, y la Madre abre en su memoria un Hospital para los pobres.
En 1889 comienza la expansión del Instituto, con una fundación en Cáceres, y continúa en los años siguientes con otras fundaciones en Trujillo, Béjar, Villanueva de Córdoba, Almendralejo, Los Santos de Maimona y Villaverde de Burguillos. De cada una de ellas se podría escribir una hermosa historia de amor; amor apasionado a Jesús Eucaristía, amor a María, amor al hermano necesitado: enfermos, pobres, niñas huérfanas, etc. Siempre con total desinterés económico, pero la Providencia nunca falla.
No faltan las pruebas y dificultades de toda clase, pero no importa: Matilde con Jesús ¡siempre adelante!, siempre haciendo vida el lema que ha dado a su Instituto: «Oración, acción, sacrificio»; siempre sacando fuerza de sus prolongados tiempos de oración ante el sagrario y de la mano de María.
De su fuerte experiencia eucarística brota su ardor evangelizador y la ardiente caridad que todos admiran. «¡Sea toda la vida un acto de amor!», repite a sus Hermanas. Y así lo ven en ella: es una vida llena de Dios, en continua oración y volcada a la vez en los hermanos. Multiplica sus atenciones maternales con las nuevas comunidades, es la animadora de la Obra, la Regla viviente. Su sencillez, su prudencia, su bondad e inalterable alegría atraen a todos. Pobres y ricos se acercan confiados a ella, pues para todos tiene una atención, un consejo y una sonrisa.
Aunque sólo cuenta 61 años, su organismo está ya muy agotado, a causa de los sufrimientos, del intenso trabajo, de las enfermedades, y presiente gozosa que se acerca la hora de su unión definitiva con el Señor. En efecto, al salir temprano de viaje, el 15 de diciembre de 1902, sufre un fuerte ataque de apoplejía, y en las primeras horas del día 17, rodeada de sus hijas, en medio de una gran paz, vuela a la casa del Padre.
Todo el pueblo, principalmente los pobres, la lloran como a una madre, proclamando a la vez su gran caridad y sus muchas virtudes.
El 23 de abril de 2002, el Papa Juan Pablo II reconocía oficialmente las Virtudes Heroicas de la Sierva de Dios Matilde Téllez, y al año siguiente, el 12 de abril, se promulgaba el Decreto sobre el milagro obrado por su intercesión, dando así el paso decisivo a su Beatificación: el 21 de marzo de 2004.

El Instituto de la Madre Matilde, fiel a la herencia recibida de su fundadora, continúa viviendo su carisma, que tiene como centro la Eucaristía y a María como Madre y Maestra, para que Ella forme su corazón para el Evangelio y las guíe hacia la Eucaristía. Según consta en las Constituciones actuales, de la Eucaristía nace en ellas una viva respuesta de amor a Jesucristo y, en Él y con Él, a todo el mundo, llevando la buena nueva del amor del Padre, con preferencia y de una manera integral, a los pobres, a los pequeños y a los que sufren.
Actualmente las Hijas de María Madre de la Iglesia (así se llaman desde 1965) realizan su labor evangelizadora en España, Portugal, Italia, Venezuela, Colombia, Perú y Méjico, a través de: hogares - internados como acogida a la niñez y juventud marginada; escuelas y colegios abiertos a todas las familias sin exclusiones; comunidades sanitarias dedicadas a la atención de enfermos, ancianos desatendidos, transeúntes, alcohólicos, etc., comunidades orantes, casas de acogida, y comunidades de Pastoral rural y de colaboración en Parroquias.
Todas las Hermanas del Instituto piden a su Fundadora que las ayude a hacer, como ella, de su vida un continuo acto de amor y una «eucaristía perenne», para la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo.

Próxima beatificación de la fundadora de las Hijas de María Madre de la Iglesia
Madrid. Infomadrid, 20-01-2004.- La Madre Matilde Térez Robles, fundadora del Instituto Hijas de María Madre de la Iglesia, fué beatificada el día 21 de marzo de este año en Roma. Con este acontecimiento finaliza el proceso que comenzó el 23 de abril de 2002 cuando el Santo Padre, Juan Pablo II, reconoció de manera oficial las virtudes heroicas de la Sierva de Dios, con la promulgación del correspondiente Decreto; y con la aprobación del milagro, el pasado 12 de abril de 2003.BiografíaNacida en Robledillo de la Vera (Cáceres) el 30 de mayo de 1841, dedicó su adolescencia y juventud al cultivo de la vida interior y a una desbordante actividad apostólica con jóvenes, niñas, enfermos y pobres, en Béjar, provincia de Salamanca y diócesis de Plasencia.

El 19 de marzo de 1875 fundó en Béjar el Instituto de "Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada" (desde 1965 "Hijas de María Madre de la Iglesia"). El 20 de enero de 1878 vistió el hábito religioso en Plasencia y en marzo de 1879 ella y su comunidad se trasladaron de Béjar a Don Benito, estableciendo en esta ciudad el noviciado y la casa central, donde profesó el 29 de junio de 1884. En marzo de este mismo año el obispo de Plasencia D. Pedro Casas y Souto, había aprobado las Constituciones de la Congregación. A lo largo de su vida, fundó otras siete casas en Extremadura, Castilla-León y Andalucía. De espíritu profundamente eucarístico y mariano, dotada de un corazón sumamente compasivo ante los dolores y miserias humanas, se distinguió por una caridad ardiente hacia los enfermos, las niñas huérfanas, las jóvenes y los pobres. Falleció en Don Benito el 17 de diciembre de 1902. Su causa de beatificación fue iniciada por el obispo de Plasencia en 1978. Los rasgos fundamentales del carisma del Instituto por ella fundado son: la centralidad de Cristo Eucaristía y María como Madre y Maestra.
En la actualidad, las Hijas de María Madre de la Iglesia atienden hogares-internados, de acogida a la niñez y juventud desvalida; colegios; comunidades Sanitarias; comunidades orantes; Casas de acogida. Cuentan con 47 comunidades, 28 en España, presentes en Andalucía, Extremadura, Asturias, Cantabria, Salamanca, Islas Canarias y Madrid; una en Roma; cuatro en Portugal; dos en México; tres en Perú, cuatro en Colombia y cuatro en Venezuela.
En Madrid tienen el Colegio San José, c/ Marqués de Viana, 43, fundado en 1954, que tiene más de cuatrocientos alumnos, en los niveles de Infantil, Primaria y Secundaria. En esta misma calle, en el número 45, se encuentra el Noviciado de España, la Curia General, que reside aquí desde el año 1988, y una comunidad de acogida. En Pozuelo de Alarcón, las religiosas tienen la residencia Villa María Briz, donde se atiende a las hermanas mayores.
En el dia 25 de Mayo del presente año.la comunidad educativa del colegio de las Azules, comunidad que lleva us nombre, llevaron en procesión la imagen de la  de la Madre Matilde a la catedral, donde fué colocada al la parte izquierda de la capilla de la Virgen de Guadalupe, Con su beatificación, celebrada el 21 de mayo de 2004 en Roma por el Papa Juan Pablo II, la Madre Matilde se convirtió en la primera extremeña en ser beatificada, después de Santa Eulalia, patrona de Mérida y martirizada en el siglo IV. Hace falta un segundo milagro para que sea santificada.

                 José Antonio Pajuelo Jiménez - Pedro Luna Reina- José Gutiérrez Delgado

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sábado, 16 de mayo de 2020

ORGANOS DE LA CATEDRAL. DATOS PARA LA HISTORIA DE PLASENCIA.

LOS ÓRGANOS DE LA CATEDRAL PLACENTINA

Buscando entre nuestros viejos papeles, encontramos un artículo de don Domingo Sánchez Loro, que publicó el añorado diario “El Regional” por la década de los sesenta del siglo pasado. Siguiendo nuestro lema de “Crear Inquietudes” no nos resignamos a publicarlo, pues consideramos que tiene muchos datos de interés para las personas amantes de nuestra historia.  El artículo dice así:

DOMINGO SÁNCHEZ LORO – DIARIO EL REGIONAL

Siempre tuvo la catedral placentina buena música de organería, cantores graves de voz concertada y mozos de coro que hacían de triples en las obras de contrapunto y entonaban las salmodias, antífonas e himnos, en las horas divinales. La música de la catedral suspendía el ánimo, levantaba el espíritu hacia Dios y era mina de regocijo perpetuo en el oído.
Ya el Papa Inocencio IV, en el estatuto fundacional de esta iglesia, aprobado en Asís el día 29 de mayo de 1254, dice que “al oficio de chantre pertenece disponer el coro e introducir en él a los beneméritos e idóneos… para lo cual examine diligentemente a los que ha de admitir  en primer lugar, acerca de las costumbres; en segundo acerca de su nacimiento; en tercero, acerca de la competente instrucción, así en la lectura como en el canto. Y no admita a nadie en el coro, si en esta forma no fuere hallado idóneo”. La pitanza era larga, por ser la renta cuantiosa. La selección, en costumbres, nacimiento y arte, afinada. El Resultado una maravilla.
Los órganos de la catedral vieja se hallaban en el trascoro. Así los describe, en el siglo XV, el racionero don Juan de Varajas, que manda ciertos responsos sobre su enterramiento, en el trascoro, “a raíz de una pared donde están unos órganos a mano derecha”.
Estos órganos tenían buenos tañedores. Había en la ciudad organeros de crédito. El más antiguo de que hallamos noticia es Juan González, maestro organero, que, en 1425, fue testigo en la escritura de venta del Arenalejo.
Hasta los moros se habían metido a componer órganos: en 1434, el moro Amat, organero y tejedor, tenía en la plaza su morada, en arriendo, en el portal del Pan.
Don Diego de Jerez, ilustre deán placentino, fue gran aficionado a gozar de toda  hermosura.
Como deán, presidía el cabildo y se ocupó siempre en aderezar  bien los órganos.
En 28 de marzo de 1500, el cabildo encargó a don Enrique de Guzmán, tesorero y  mayordomo de la fábrica y a otros visitadores que se ocupen en hacer afinar los órganos y cuiden de que sean bien compuestos: los arregló el maestro Cristóbal Cortejo.
Pero don Diego, el deán, no estaba satisfecho. Quiere mayor esplendor en el culto divino y, pues las rentas del cabildo lo permiten, propuso, y sí se acordó, en febrero de 1503, escribir e iluminar los libros corales, reparar y mejorar los órganos viejos y hacer otro nuevo, de la mejor traza entonces conocida. Se encomendó este cuidado nada menos que a un consejero de los Reyes Católicos y canónigo de esta iglesia catedral, al licenciado don Juan López del Barco. El maestro Cristóbal Cortejo había hecho ya lucidos trabajos de organería a satisfacción del cabildo. El se encargó de reparar los viejos y construyó uno nuevo en el que agotó su ciencia y maestría en el oficio. Importó el órgano nuevo 40.000 maravedíes.
El maestro organero Cristóbal Cortejo llegó a ser famoso en todo el reino. Hizo los órganos de Coria y otros muchos en la provincia de Extremadura. Los que se conservan con la admiración de nuestros días. Los organistas de la catedral, en tiempos de don Diego de Jerez, se llamaban Andrés Martín y un tal Francisco.
Ellos tocaron en las famosas y extrañas exequias de este deán.


Don Gómez de Jerez, que era hijo de don Diego de Jerez y por designación suya ocupó el deanato, heredó el buen gusto por la música y puso desvelo en atender a los órganos y a la cantoría. El año 1522, volvió a Plasencia el organero Cristóbal Cortejo, ya casi anciano y en la cumbre de su fama. Don Gómez propuso al cabildo aprovechar la estancia en Plasencia del famoso organero: se encomendó a don Hernando de Villalva, racionero, mayordomo de la fábrica y deudo del sin par Coronel don Cristóbal, el arreglo y perfecta afinación de los órganos. Nadie en ello igualaba al maestro Cortejo, por la experiencia en el oficio, por la finura en el oído, por el amor a su arte. Hizo con esmero su trabajo –el órgano nuevo era obra de sus manos- los teclados, fuelles, registros y tono quedaron listos para muchos años, mientras duró aquel siglo.
Las obras de la nueva catedral iban muy adelantadas. A sus tiempos, trajeron de la vieja ciertos altares para el culto, el sagrario, la sillería del coro y los órganos. Los dos viejos se pusieron a los lados del coro, uno a la derecha, otro a la izquierda. El nuevo se instaló sobre la puerta que da al oriente, en un armazón y soporte de gran hermosura y bien aderezada con motivos referentes al arte musical. (Allí luce su donaire en piedra el tamborilero de la Alta Extremadura). Tenía ya la iglesia un realejo y órgano portátil, para llevarlo a las parroquias, conventos y ermitas, cuando a ellas asista el cabildo. (Ignoramos quién construyó el realejo, pero hay sospechas de que este y el que había en Yuste, conservado hoy en el Escorial serían obra del maestro Cristóbal Cortejo).
El organero Melchor de Tovar, en 1600, trasladó los órganos de la catedral vieja a la nueva, hizo su instalación y los restauró de manera que parecían nuevos. Solo debían parecerlo, porque, en 1604 abonó 8.000 maravedíes al maestro Juan Francisco Fabri por las restauraciones hechas en los tres órganos. Vivía este organero en Plasencia y tuvo mucho tiempo a su cargo el arreglo y afinación de los órganos por el sueldo anual de 10.000 maravedíes. Así el cabildo se libró de este cuidado y la música de organería siempre estaba en su punto.
El año 1651- había muerto ya el organero Juan Francisco Fabri – abona el cabildo al maestro Salazar 5.000 reales, precio convenido por su trabajo en restaurar los órganos y afinar el realejo. El órgano grande fue ampliado con “nuevas diferencias”.
Seguía el arte de la música gozando en Plasencia su antiguo esplendor. Tuvo la iglesia maestros de capillas con mucho renombre. Tal, don Gregorio  de Salinas, compositor eximio, que ejerció su oficio muchos años en la catedral y al morir en 1672, dejó una rica colección de obras al servicio de la iglesia.
Durante el siglo XVIII apenas necesitaron afinación ni compostura los órganos catedralicios.
Hasta el año 1887, no se hizo en ellos reparación de importancia.
Entonces el maestro organero Marcial Rodríguez, natural y vecino de Ávila, restauró y puso nuevo fuelle al órgano grande; modificó y perfeccionó el que estaba a la derecha del coro; afinó el de la izquierda. Su trabajo importó 28.800 reales. El realejo apenas se usaba, por andar muy consumido. (Aunque viejo, todavía se conserva, como reliquia, en la catedral.
En nuestro siglo… mejor es no hablar. Organeros sin conciencia… - ¡ bendigamos la memoria de Juan González, del moro Amat, de Cristóbal Cortejo, de Melchor de Tovar, de Juan Francisco Fabri, del maestro Salazar, de Alonso Chavarrías, de fray Domingo de Aguirre, de Manuel de la Viña, de Marcial Rodríguez…., viejos organeros, honrados en su oficio, porque honradamente hicieron sus obras de organería en nuestra catedral!.
Organeros sin conciencia, en nuestro siglo engañaron al cabildo –no es su oficio entender de organería- y, so pretexto de instalar uno moderno a la derecha del coro desmantelaron y se llevaron la tubería de los órganos viejos, espléndida, inigualable en la pureza de sus timbres. Cual ya no se construyen.
Por ventura, ha pocos años, el cabildo, con buen gusto, con sentido histórico, ha vuelto el órgano grande sobre la puerta de oriente a su traza primera, con fuelles y consola eléctrica.
Pero las tuberías de los antiguos – las que se llevaron- grandiosas, con aleaciones sin mácula, que durante siglos loaron a Dios en los oficios divinos, andarán fundidos y empleadas en más bajos menesteres: a todo da lugar el ansia materialista de nuestros días.
De los otros órganos que había en Plasencia, solo el de san Francisco aguantaba comparación y acaso excedía en méritos a los tres de la catedral. Era obra del maestro Benito Vaquero.
(Cuando mediaba el siglo XIX, arreciaron los aires masónicos que entraron por Gibraltar y pasaron al antro que floreció en Madrid, en la calle de san Bernardo. Se dieron maña a que un hombre sin seso, Mendizábal, bien graduado en las logias, manchase el honor de España ocupando su gobierno. Ruin pelele, manejado por “hermanos triangulares” y sumiso a los “consejos” que venían de Gran Bretaña, dispuso el sacrilegio de la desamortización).
Los religiosos del convento de san Francisco en Plasencia, fueron exclaustrados: allí quedó el órgano al arbitrio de gente vil y agamberrada, que arrancaron el marfil del teclado y los juegos de trompetería, para regocijo de pequeñuelos en los arrabales de la ciudad.
El cura de san Esteban, don Manuel Gabriel de León, obtuvo licencia para llevar el órgano a su iglesia parroquial. Mucho gozaron con ello los buenos placentinos y, generosos, contribuyeron al traslado: Vicente Sánchez, maestro armero, trabajó en los registros y fuelles; Bernabé Ovejero, ebanista, recompuso el armazón; fray Juan Muñoz, lego dominico del convento de san Vicente, puso los registros y concertó las tuberías. Salvaron gran parte del valioso instrumento.
Todos hicieron su trabajo gratuitamente, por amor de Dios. El día de Santiago, 25 de julio de 1838, se cantó en san Esteban la primera misa con acompañamiento de órgano. La tocó el lego dominico fray Juan Muñoz.

Los conventos e iglesias placentinas conservan órganos del viejo sistema; buenos, aunque no comparables a los viejos de la catedral ni al de san Francisco. Los teclados, fuelles, registros y mecanismo interno para la distribución del aire, pueden y deben modernizarse. Pero…. ¡ojo con los juegos de tubos, con el dorado exterior, que son excelentes!: no venga algún organero con labia, saque los dineros, se lleve los viejos tubos y, en trueco, deje organillos rutilantes de purpurina vistosa que pronto se convierten en sonajeros de lata.


José Antonio Pajuelo Jiménez – Pedro Luna Reina.

                    
                                                    "CREANDO CULTURA".



viernes, 1 de mayo de 2020

EL BANDIDO "CABRERIN"


EL BANDIDO CABRERÍN.

Durante el siglo XIX, un pastor llamado Juan Morales González, se dedicaba al cuidado de un rebaño de cabras en la zona extremeña de Serradilla, este hombre se vio involucrado en la muerte de un hombre en la zona de Peñafalcón, cerca de lo que conocemos por el nombre de Salto del Gitano, por lo que huye al monte donde se encuentra con otros prófugos de la justicia y deciden crear una banda de salteadores.
La audacia e inteligencia, le hizo convertirse en el jefe de los bandoleros, progresivamente fue adueñándose de toda la zona de  Monfragüe.
Por el antecedente de haber sido cuidador de rebaños de cabras, fue apodado con el nombre de “el Cabrerin”, consiguiendo gran fama y respeto en la zona, y supo enfrentarse a otras bandas como los Mendozas o los Java.


Según cuenta la leyenda, don Julián Silva, el hombre más rico de Extremadura, fue secuestrado por unos bandidos y llevado al Puerto de la Serrana con exigencias de dinero y amenazas de muerte. Al tener noticias de ello Cabrerín fue allí, le salvó la vida y le puso en libertad. Se presentó a don Julián diciéndole: "yo soy Cabrerín, el jefe de los bandidos de la sierra y usted es el dueño de muchas tierras de la comarca y de los ganados que pastan en ellas; ambos podemos vivir aquí, pero nos interesa ponernos de acuerdo porque los dos nos podemos ayudar y servir mutuamente respetando ciertas condiciones. Si usted se compromete a darme en dinero o en comida lo que yo necesite para mantener a mis hombres en la sierra, yo le prometo que sus ganados y tierras serán respetadas por nosotros y en nosotros encontrará usted el mejor guarda para su hacienda".

Don Julián que no esperaba tal ofrecimiento quedó contento y conforme con el acuerdo, rubricándolo los dos con un apretón de manos. De aquí nació la sincera amistad que mantuvieron como dos buenos amigos durante su vida. Los bandidos con el jefe al frente, fueron a tierras andaluzas a realizar alguna de sus hazañas; pero tuvieron mala suerte porque fueron sorprendidos y apresados por la justicia. El Cabrerín fue enviado al penal de Ceuta a cumplir su condena. Cuando Juan Morales González, alias "El Cabrerín", salió de la cárcel con 79 años, volvió a su pueblo natal, Serradilla (Cáceres), se encontró sólo, ya que sus compañeros estaban dispersos, y la gente del pueblo no confiaba en él. Necesitaba un amigo de verdad que fuera sincero, que supiera escuchar y aconsejar a la vez: no tenía otro mejor que don Julián Silva por la confianza y la antigua amistad que les unía. Fue a verle al palacio que tenía en la dehesa del "Haza de la Concepción" a orillas del río Tiétar, Don Julián le abrió las puertas de su casa pues nunca olvidó el favor de Juan Morales “Cabrerín” que le había hecho.


Juan Morales le contó con detalles cómo fueron sorprendidos por la Justicia y sus aventuras en el penal, la desilusión que se llevó al no encontrar los tesoros escondidos, le habían robado todo, el cansancio que acusaba por su ya avanzada edad, hizo que D. Julián para que no le faltara nada, ya que estaba agradecido por los servicios que Cabrerín y sus compañeros le habían prestado en la vigilancia y protección de su agencia, le facilitó el ingreso en el asilo de los ancianos de Plasencia. En este centro benéfico pasó el resto de su vida Cabrerín, el bandido generoso más valiente y honrado que ha tenido Extremadura. Murió en el Asilo el día 9 de Abril de 1902 a los 89 años de edad.

CLAVES-COMENTARIO: Historia recopilada por FERNÁNDEZ GARCÍA, Bautista. En la revista Aires Chinatos, nº 26.



   Jose Antonio Pajuelo Jiménez- Pedro Luna Reina.

                                                        "SEMBRANDO CULTURA"



lunes, 27 de abril de 2020

LEONOR PIMENTEL. RETRATO DE UNA DAMA.


Leonor Pimentel: Retrato de una Dama de la Alta Nobleza de Plasencia
                                                           

Hace un tiempo, una de las mejores especialistas sobre la mujer noble en la Edad Media escribió lo siguiente: "Indudablemente, las mujeres que alcanzaron una posición predominante en la sociedad de la Castilla bajomedieval fueron las pertenecientes a la nobleza. [Pero] …… pocas de ellas intervienen en la política de su tiempo.  Si exceptuamos a algunas favoritas reales, sólo encontramos a damas de actividad relativamente destacada en periodos de guerra civil abierta";

Leonor Pimentel Estúñiga, la duquesa de Plasencia, fue una de esas escasas féminas que, sin ser una favorita real o concubina, intervino en el primer plano de la política de su tiempo. No se encontró en una situación de relegamiento respecto a los hombres de su linaje, sino todo lo contrario, puesto que determinó importantes acontecimientos familiares, como bodas o entierros que en la Edad Media tenían un amplio significado social, económico y político. Pero sobre todo hay que destacar que administró a su antojo no sólo sus dominios, sino también los de su esposo, Álvaro de Estúñiga, el conde de Plasencia, uno de los hombres más importantes del reinado de Enrique IV de Castilla. Es decir que doña Leonor fue la protagonista de la historia de su linaje a pesar de la existencia de numerosos parientes masculinos. Se puede decir con rotundidad que vida rompió por completo con el modelo de una mujer medieval.

Esta tarde, atendiendo a la amable invitación del CIT para que participe en su Semana Cultural, voy a trazarles un perfil biográfico de esta placentina, porque aquí quiso ser enterrada, cuyo nombre está en una de las placas que identifican a un salón del Parador Nacional. Es otro de los personajes de la historia medieval de Plasencia que merece una moderna biografía, igual que su hijo, Juan de Estúñiga, el maestre de Alcántara, o don Nuño Pérez de Monroy, el todopoderoso abad de Santander, o don Diego de Carvajal, el del siglo XIII, y algunos otros caballeros y damas que ayudaron sobremanera en la construcción de esta ciudad.

La etapa más desconocida de su historia fue la de su niñez y adolescencia. Y es una pena porque fue por entonces cuando se forjó, en gran parte, su personalidad, altiva y ambiciosa, de la que dio clara muestra desde muy joven.

Leonor Pimentel –que vio la luz entre 1436 y 1437-fue fruto del matrimonio entre Elvira de Estúñiga, hija de Pedro de Estúñiga, por entonces conde de Ledesma y de Juan Pimentel, primogénito de Rodrigo Alfonso Pimentel, II conde de Benavente. Por lo tanto, estamos tratando de la nieta de dos de los más importantes caballeros de Castilla por su posición política, riqueza y linaje. La boda entre Elvira y Juan se celebró antes del 30 de marzo de 1433, pero sin la oportuna dispensa eclesiástica, necesaria por ser los contrayentes parientes, pues consta que fue en esa fecha cuando don Sancho, el obispo de Salamanca, los absolvió del pecado en el que habían caído.

 Nada de extraño tiene este hecho, pues las bulas pontificias servían, en más ocasiones de las que cabe imaginar, para legalizar un matrimonio celebrado con anterioridad sin los requisitos eclesiásticos exigidos. Y les narro uno de los casos más curiosos acaecidos por aquellos años, como fue el de María de Luna y Juan de Luna que matrimoniaron sin la dispensa que les llegó nueve años después, de manera que cuando en 1449 celebraron sus bodas sus propios hijos actuaron de testigos. En nuestro caso, los complejos conciertos matrimoniales -que evidentemente se habían iniciado tiempo antes de la concesión de la bula de dispensa- se concluyeron en 1434, cuando en la corte de Béjar, que era la estancia habitual de la familia condal, el procurador del conde de Benavente reconoció haber recibido 20.000 florines de oro, en concepto de dote de doña Elvira, que tomó como arras 5.000 florines a pagar en cierto plazo, fijándose la villa de Mayorga de Campos como prenda del pago. Era una importante propiedad de los Infantes de Aragón en las tierras de Zamora que el conde de Benavente había recibido de Juan II en 1430.

Igual que en el tema de las bulas, estamos ante un hecho muy normal, porque como la cuantía de las dotes o de las arras de los miembros de la nobleza era altísima, su entrega se solía aplazar, entregándose como prenda del futuro pago una valiosa propiedad. Acabo de señalar que el condado de Mayorga de Campos lo era. Pero el azar o más bien la fatalidad cambió la historia, ya que el enlace fue muy breve, porque Juan Pimentel falleció antes del 21 de septiembre de 1437, dejando como única descendiente a su hija Leonor Pimentel que tenía muy pocos meses.

No es posible imaginar su aspecto físico, pues sólo consta documentalmente que era corpulenta y obesa. La pintura de su hija Isabel –que es la que se reproduce en el programa del CIT- nos muestra una mujer bellísima. Por el contrario, sí que se puede dibujar su retrato moral, gracias a los testimonios de sus contemporáneos, casi todos, muy desfavorables. Algunos resaltan su carácter dominante y el extraordinario influjo al que tuvo sometido a su marido: así lo señaló el cronista Galíndez de Carvajal: La condesa de Plasencia se gobernaba por él (Pedro de Hontiveros), quanto el conde su marido por ella. Hernando del Pulgar afirmó que la duquesa...había pospuesto muchas veces la honra de su marido e muchas veces había aventurado a todo peligro su casa e su mayorazgo a fin de hacer gran señor a su hijo. Más comedido en su juicio, el cronista oficial de Enrique IV advirtió en su obra que la dama era varonil, opinión que también compartió G. Fernández de Oviedo en sus célebres Batallas y Quinquagenas.

Pero fue A. de Palencia el que nos legó la peor estampa de esta dama. Coincidía con el resto de los autores en señalar que doña Leonor gobernaba a su marido a su antojo, pero además este antiguo servidor de los condes de Plasencia que en la época de la guerra por el reconocimiento del Príncipe don Alfonso abandonó su servicio, circunstancia que es preciso no olvidar, la acusó en las páginas de su Crónica de todos los pecados capitales -ira, soberbia, avaricia, lujuria, codicia-, la llamó resuelta enemiga de los Príncipes e incluso la llegó a hacer responsable de la total perdición de España. Tampoco quedó bien retratado su anciano esposo, pues Palencia, de forma muy maliciosa, no dudó en sembrar dudas acerca de su virilidad en aquella época, de manera que llegó a escribir que la duquesa estaba menos atendida por su marido de lo que al varón corresponde, aunque si en algún momento cabía tratar de la deslealtad de Álvaro I respecto a su rey, le acusaba de una irrefrenable lujuria ¡¡con Leonor Pimentel!!

Los datos de la cronística los corrobora la abundante documentación de archivo, de los que extraigo, en principio, tres testimonios altamente significativos, pues proceden de gentes íntimamente ligados con la duquesa. Me refiero, en primer lugar a dos miembros de su círculo familiar, su esposo, don Álvaro y su primo hermano e hijastro don Pedro de Estúñiga Manrique, el primogénito del duque y de su primera esposa Leonor Manrique, que estaba destinado a heredar la titularidad del linaje cuando falleciera su padre. Efectivamente, cuando el duque quiso justificar su mal proceder respecto a los hijos que había tenido de su primer matrimonio y su gestión política y económica, tan desacertada, advirtió que su conducta estuvo encaminada a complaser e gratificar a la dicha duquesa, mi muger, e seyendo yndusido e atraydo por ella e por otras personas en su nombre e por su mandado, e aquexándome e ynportunándome muchas e diuersas vezes sobre ello, con mucha insistençia, e por me quitar e apartar de ynportunidades e enojos e ruegos e por estar e venir en paz e amor e sosyego con la dicha duquesa mi muger. Quizás no haga falta señalar que la confesión la hizo cuando su esposa llevaba enterrada algo más de un año.

Pedro de Estúñiga, nunca ocultó el intenso odio que sintió por su madrastra. En el alegato que en 1476 hubo de hacer en Tordesillas ante los Reyes Católicos para tratar de salvar a su padre de la ira de los monarcas, a los que en principio se había negado a reconocer, pues apoyaba a doña Juana, la hija de Enrique IV, señaló con insistencia que Álvaro I, por su vejez, no era responsable de sus actos, sino que era su mujer, que actuaba movida por un único afán: engrandecer a su  único hijo varón, Juan de Estúñiga Pimentel, el futuro maestre de Alcántara.

De un estrecho servidor de la Casa de Estúñiga también nos ha llegado una demostración más de la poca ejemplar vida de la condesa. En este caso es el célebre gramático Elio Antonio de Nebrija y se contiene en su Crónica Latina: Ella, pues, por hacer a su hijo don Juan Maestre de Alcántara, del Orden Cisterciense, todo lo removió por fas o por nefas; contrahízo todos los derechos, igual divinos que humanos; disipó todo el patrimonio del Duque por conseguirlo; y puso, muchas veces, en grandes peligros el estado de toda la familia, que no pertenecía a ella, sino a él.

 Sólo Diego de Jerez, deán de la catedral de Plasencia, su más cercano, leal y fiel colaborador, a cuyo servicio entró en 1464 y en el que permaneció hasta su muerte en 1486, trata de forma más amable sobre su ama, de la que señaló su arrolladora personalidad y el enorme influjo que ejerció sobre su marido, al que casi le doblaba la edad. Incluso llegó a justificar el gobierno de la Casa, así porque lo mereçía como porque el dicho Duque, mi señor, era ya hombre de muchos días.

Si a estos últimos testimonios –que alguno podría pensar que son bien parciales- se unen los numerosísimos documentos de archivo que se emitieron por las más diversas circunstancias en vida de la duquesa, el resultado es realmente, demoledor

Se sabe que su padrino de bautizo fue su tío Álvaro de Estúñiga; consecuentemente, desde su nacimiento, nuestra dama había establecido con su futuro marido un estrecho vínculo espiritual –paralelo al de consanguineidad- que en la Edad Media implicaba las mismas prohibiciones matrimoniales, lo que tuvo una enorme trascendencia en el futuro, como se verá.

 Igual que otras niñas nobles Leonor no se crio con sus padres, sino junto a sus parientes; de hecho, a su madre doña Elvira la educó su abuela materna, en Sevilla. Por tanto hemos de presumir que su infancia discurrió en Béjar, donde por entonces residía la corte señorial bajo la vigilancia de Isabel de Guzmán, la primera condesa de Plasencia, que le buscaría la oportuna ama o nodriza que además de amamantarle, cuidaría de las necesidades más básicas de una infanta, como era su higiene, sacarla al aire libre e incluso enseñarle a andar. Es comprensible, pues, que el ama fuera una figura esencial en la vida de las niñas de la aristocracia que, una vez adultas, seguían manteniendo un vínculo muy especial con esas mujeres, a las que solían recordar en sus testamentos o codicilos, haciéndole legados de diversa cuantía o encargando sufragios por su alma, en caso de que hubieran fallecido. También fue habitual que los hijos de esas amas continuaran sirviendo en la casa señorial. En fin, más allá de los datos, ha de observarse cómo los criados forman parte de ese conjunto muy numeroso y diverso de personas que viven en los palacios señoriales, unidas entre sí por lazos consanguíneos o de afectividad. Muchos de ellos vivían con sus amos hasta su muerte. En fin, amos y criados que formaron la familia señorial que habitó el actual palacio de Mirabel.


Dos sucesos acaecidos en esta temprana fecha marcaron el porvenir de Leonor: el primero es que semanas después de quedar huérfana su abuelo, el conde de Benavente, se hizo con el control de Mayorga, pero fundó un mayorazgo en su favor constituido por la citada villa con su título condal. Entre sus clausulas  se advertía que la propiedad no podría entregarse ni como dote ni como arras y que si doña Leonor fallecía sin herederos directos, se integraría entre los bienes del heredero del condado de Benavente. Es decir que los Estúñigas perdieron el control del señorío de Mayorga.

El segundo acontecimiento fue el nuevo matrimonio de su madre doña antes de octubre de 1443, unas bodas, que fueron muy grandes, según señala un documento de la cancillería señorial. Y con razón, porque el elegido fue el conde de Trastámara, un riquísimo viudo, señor de importantes estados en el reino de Galicia. Días antes de celebrarlas doña Elvira pidió a su padre el conde don Pedro que asumiese la tutela de su nieta, que por entonces debía tener entre 7 y 8 años de edad; la solicitud pudo estar en relación con la pérdida de ciertos privilegios por parte de la viuda al contraer nuevas nupcias, como podía ser la tutela de los hijos.

Pero también –y esto es lo que conviene resaltar- se puede entender como un intento por parte de los Estúñigas de preservar a la huérfana de sus nuevos parientes, pues en el mercado matrimonial Leonor, a pesar de sus pocos años ya se podía desposar, según fijaban Las Partidas, de forma que en el horizonte social del reino era una apetecible novia, tanto por su patrimonio como por su linaje. De hecho, de tomarse en cuenta, con todas sus reservas, una noticia contenida en la Crónica del Halconero, en ese mismo año de 1443 se planteó lo que hubiera sido su primera boda a celebrar precisamente con un hijo de su padrastro, un fenómeno en cierto modo común entre la nobleza, porque se reforzaban aún más los lazos de parentesco y se evitaba la dispersión de bienes, habida cuenta de que en caso de que una de las dos parejas muriese sin descendencia, el patrimonio de ambas familias pasaría a un descendiente común. Pero ni los Estúñigas de Béjar, ni los Pimentel de Benavente, se mostraron interesados en el enlace con los Osorio, condes de Trastáma.

En otro orden de cosas, por ese tiempo se abría para doña Leonor una nueva etapa, pues entraba en la adolescencia, una época crucial en la que las jóvenes de la nobleza iniciaban un período de aprendizaje. De ambas cuestiones -formación y matrimonio- se ocupó personalmente su abuelo Pedro de Estúñiga que quiso para su nieta una cuidadosa educación y para ello, en lugar de encomendársela a alguna persona del ámbito familiar, bien a ciertas damas o camareras de la condesa o bien a una aya, que le enseñaran junto a las letras, labores de aguja e hilado, que era lo más habitual la puso bajo la dirección de un afamado teólogo dominico, fray Juan López de Salamanca.

Su primera instrucción atendió básicamente a aspectos religiosos y morales, pues en un mundo donde la religión estaba presente en cualquier aspecto de la vida, era lo natural.  La relación del predicador con su joven pupila fue muy estrecha, al convertirse además de en su maestro, en su confesor, consejero y director espiritual. Para ella compuso a partir de 1460 varios libros, algunos bellísimamente iluminados, que se conservaban en la biblioteca del palacio condal, entre los que caben recordar los Evangelios Moralizados, la Vida de María o el Clarísimo Sol de Justicia, destinados a fomentar la devoción religiosa e instrucción en la fe cristiana de la joven Pimentel, que junto a otros títulos, por ejemplo un ejemplar titulado  Conversión de S. Pablo, otro reseñado como <<Del Soliloquio>> o los Sermones de Santa Catalina formaron parte de su biblioteca personal ubicada posteriormente en el palacio de Plasencia.

¿Pudo fray Juan tratar de cultivar también la mente de su discípula orientándola o introduciéndola en el estudio de nuevas materias? No es posible saberlo. Ciertamente en la primera mitad del siglo XV la instrucción de la mujer aún suscitaba cierto recelo, por considerarse superfluo, pues una joven doncella debería ser educada para cumplir virtuosamente con sus obligaciones familiares. De este modo sólo algunos autores, caso del agustino fray Martín de Córdoba, admitían el saber en las mujeres, siempre y cuando éstas fueran de una muy elevada condición social, por la necesidad que tendrían más adelante de administrar sus estados y haciendas. Y bien que lo hizo Leonor Pimentel una vez que casó con Álvaro de Estúñiga según se plasma en la documentación contable.


En la formación cortesana bajomedieval tuvo un importante papel la música, de forma que tañer un instrumento, cantar y danzar fueron actividades lúdicas que el tratadista Rodrigo Sánchez de Arévalo en su conocido El Vergel de Príncipes las proponía como propias de la clase noble. La referencia en ciertos inventarios de las propiedades de la familia señorial a diferentes instrumentos musicales que estaban en el palacio de Plasencia, entre ellos unos órganos un monocordio, un laúd, una vihuela y una bandurria, resulta muy sugerente de estas aficiones que recuerdan a veladas musicales y fiestas donde la danza era presente. 

El año de 1448 fue otro año clave de su vida. En primer lugar porque en ese verano falleció de forma prematura su madre, doña Elvira, a consecuencia de una enfermedad de la que se desconoce la naturaleza. Leonor Pimentel recibió, pues, la importante herencia materna, compuesta por propiedades inmuebles ubicadas en Andalucía, muchas de ella en Sevilla en la collación de Santa María, así como por diversas rentas y juros y diferentes bienes suntuarios de bastante calidad, como un collar de oro y tejidos de mucha cuantía, bienes que más allá de su valor estético servían para expresar, mantener y potenciar el rango del que los portaba e, igualmente, podrían en época de crisis, sustituirse por moneda, como así sucedió en el caso que nos ocupa.  A ello habría que sumar el juro de 17.000 anuales que ya venía disfrutando de la herencia de su padre.

En segundo porque estaba a punto de cumplir los doce años que era la edad mínima fijada en Las Partidas para casarse, lo que le permitía reclamar la totalidad de la herencia paterna, en concreto la villa de Mayorga, que con tanta ansia esperaban los Estúñigas, pero que iba a ser muy difícil de alcanzar, pues según las instrucciones dadas por su abuelo Pimentel, Leonor tenía que casar con su primo que era el futuro heredero de la casa de Benavente, por lo tanto la villa de Mayorga seguiría siempre bajo el control de los Benavente.

Pero las circunstancias políticas del momento, muy adversas para el conde de Benavente que tuvo que huir a Portugal, dejó la boda en suspenso. Es posible que el astuto Pedro de Estúñiga aprovechara su forzada ausencia para hacerse con el control de la villa zamorana, es decir, de sus rentas, pero no hay ningún dato que permita pensar que se oponía a la proyectada boda de su nieta. Lo único seguro es que la situación política del reino y la muerte de Isabel de Guzmán, entre fines de 1448 y comienzos de 1450 centraron, su atención en otros asuntos. Eran los desgraciados años en los que el valido de Juan II don Álvaro de Luna regía a Castilla a su antojo y, por tanto, la nobleza podía participar poco en el juego político.

En el verano de 1452, en medio de una enorme conmoción política, los titulares de los condados de Plasencia y Benavente, se pusieron de acuerdo para casar a Leonor con su primo Rodrigo Alfonso Pimentel, lo más presto que pudiese. Leonor fue dotada por su abuelo Pedro de una forma muy esplendida pues aparte de aportar Mayorga con su castillo y fortaleza, recibiría dos meses antes de consumar su matrimonio un importante ajuar compuesto muebles, plata y joyas y una considerable suma de dinero que alcanzó la cifra de un millón de maravedís. Por su parte, el novio ofreció 20.000 florines de oro en concepto de arras, es decir, que cuadruplicó la cifra de las que Juan Pimentel había entregado a su esposa casi treinta años antes, una muestra del interés en el enlace que aseguraba a su linaje Mayorga y otros bienes inmuebles de la rica heredera.

Les quiero hacer un comentario: Con frecuencia se ha dicho que en el establecimiento de los conciertos matrimoniales entre los miembros de la realeza o de la nobleza se buscaron anudar alianzas políticas. Pero no se debe generalizar. Ciertamente hubo muchos casos, pero reyes y nobles eran bien conscientes de la inestabilidad de los pactos políticos, que se anudaban con tanta facilidad como se deshacían, porque eran consecuencia de compromisos circunstanciales. Desde luego en este caso queda más que claro que la conservación del señorío de Mayorga en el seno de la rama principal del linaje de los Pimentel fue la clave para entender el pacto matrimonial.

Pero los pormenorizados acuerdos prenupciales ni los juramentos que se hicieron pudieron llevarse a efecto, pues la muerte del ya anciano primer conde de Plasencia en 1453, precedida por la de su nuera Leonor Manrique, la esposa de Álvaro de Estúñiga dieron lugar a un inusitado panorama que provocó el matrimonio del segundo de Álvaro de Estúñiga con su sobrina Leonor, a la que doblaba la edad. Todo un escándalo en el que intervinieron el varios papas –Nicolás V, Calixto III y Pio II-  y  los Reyes de Castilla –en concreto Juan II y Enrique IV- para hacer frente a una historia sorprendente, lo que ahora llamaríamos un gran culebrón, donde el odio, la ambición y el gusto por la intriga llevaron a Leonor Pimentel a protagonizar interesantes y en ciertos momentos sabrosos episodios de la historia familiar y castellana.

¿Qué pasó pues tras el entierro del primer conde de Plasencia? Su hijo Álvaro, muy consciente de su nuevo papel como titular de un linaje, al que correspondía  dirigir todos los asuntos de la familia, pensó en nuevos planes de boda para su sobrina Leonor, a la que por lo pronto, se le debían rendir unas detalladas cuentas, tanto de los bienes que le acababa de legar su abuelo don Pedro como de las rentas por la administración de su  patrimonio desde la muerte de su madre. Por otro lado, no creo que a doña Leonor la idea de matrimoniar con su tío le desagradara, pues sólo unos meses más tarde del fallecimiento de su abuelo ya estaba casada, eso sí, sin contar con los correspondientes requisitos eclesiásticos.

En este caso los inconvenientes para el enlace eran enormes. No se trataba de la unión entre parientes en primer grado, tío y sobrina, completamente prohibida por la Iglesia, sino que además los contrayentes estaban unidos por vínculos espirituales, aún más prohibidos que los de sangre, pues Leonor era la ahijada de don Álvaro, según comenté al principio y además era su comadre pues ambos habían prohijado a un infante. Como les señalo todo un escándalo, pero además con gravísimas consecuencias temporales ya que los hijos de esta unión serían considerados ilegítimos, lo que les inhabilitaba para heredar.

Por ello, pensando en su futura descendencia –así se expresa en los documentos- los condes de Plasencia movieron todos los hilos para que los reyes trataran de obtener unas bulas pontificas, que los dos papas citados en primer lugar se negaron a dispensar, a pesar de que Juan II la solicitó porque era  para seruiçio y pacificación de los reinos, lo que en cierto modo podía ser verdad, habida cuenta de la fuerza de los Estúñigas en el final de su reinado y que un enfrentamiento con otras ramas de los Estúñigas, por ejemplo, los de Sevilla o con los Pimentel y con otros linajes afines podía dar lugar a serios conflictos internobiliarios. La bula la obtuvieron, ya entronizado Enrique IV.

El ya citador servidor de los condes, Mosén Diego de Valera, afirmó que la licencia la concedió  en 1458 Pio II, por lo tanto hubo de expedirla nada más ser designado papa. Alonso de Palencia dejó escrito que el pontífice, al que calificó de impío, lo hizo previo pago de una cifra astronómica, doce mil ducados. Tengan en cuenta que en esos años el precio medio de una bula de similares características era de entre 100 y 200 ducados, una cantidad insignificante para cualquier miembros de la nobleza. La opinión de Palencia es la misma de la del autor de la Crónica Anónima y de Pedro Barrantes Maldonado.

Sea como fuere, la bula sólo vino a legalizar un matrimonio celebrado con anterioridad sin los requisitos eclesiásticos exigidos hecho que ya hemos visto que tampoco constituía una novedad, ni fuera ni dentro de este linaje. Por tanto sorprende, en un principio, que la unión provocara tales habladurías que llegaron a hacer escribir al conde una carta al rey en la que señaló que la fama y honra de Leonor se vieron seriamente afectadas. Y les digo que sorprende si se recuerda el contexto social del momento, donde la cohabitación antes del matrimonio y los hijos ilegítimos tenían una consideración bien distinta a la que adquirieron en los siglos posteriores, lo mismo que sus madres, que si eran de alta cuna, la mancha que podía afectar a sus hijos se reducía a la consideración de simple accidente.

Los comentarios alrededor de la pareja siguieron in crescendo, lo mismo que el amparo del rey a la pareja condal.  Enrique IV afirmó que por complir el mandamiento del dicho Rey mi señor et después de su muerte, el mío, vos [el conde de Plasencia] fecistes el dicho casamiento durante el tiempo que por el dicho señor rey et después por mí se procuraba la dicha dispensasión. Pero el monarca, más que intentar acallar voces hipócritamente escandalizadas, trataba de paralizar una serie de conflictos que ya se preveían tras las bodas solemnes que sucedieron antes del 4 de noviembre de 1460, originados por los acuerdos económicos acordados en las capitulaciones matrimoniales que tardaron varios años en concluirse y que dieron lugar a una ruptura familiar que no acabó oficialmente hasta pasados unos cuarenta años.
  


En efecto, el 28 de febrero de 1460 Álvaro I entregaba las arras a su futura esposa estimadas en 10.000 florines de oro y 3.000 doblas castellanas, que significaban 1.940.000 mrs,.En comparación con las arras satisfechas a otras jóvenes de familias de similares características sociales y económicas las que ofreció el conde eran importantes, pero desde luego se encontraban por debajo de las que precisamente el conde había prometido pocos años antes a su nuera Teresa de Guzmán, cuando casó  con su hijo Pedro y sensiblemente inferiores a las ofertadas por su primo Rodrigo Alfonso Pimentel que en 1452 había establecido en 20.000 florines. Más bien el gran problema estuvo en la dote, imprescindible para contraer matrimonio y que según la IV Partida debía ser satisfecha por el padre de la desposada y, en su falta, la madre, hermanos u otros parientes colaterales a cuyo cargo o tutela estuviera esa joven. En 1460 Leonor estaba próxima a cumplir los 25, con lo que desde el punto de vista legal estaba a punto de adquirir el pleno control de la administración y gestión de sus bienes.

Leonor Pimentel no aportó otra dote que todos los bienes recibidos de sus padres y los legados por sus abuelos –un notable patrimonio en villas, bienes inmuebles de naturaleza rústica y urbana e importantes juros- que le fueron entregados junto a una cuenta puntual y exacta de las rentas que esa herencia le había ido produciendo desde el año que murió su padre. Hasta ahora, lo usual. Pero lo que resultó insólito fue que el contrayente fuera simultáneamente el pariente mayor, el administrador de los bienes y por último el novio de la desposada y de este caso inusual se derivaron, en parte, los problemas familiares. Me explico: las arras que le ofreció a su sobrina, más el dinero que se le debía por haber estado gestionando su patrimonio, unos 4.201.998 mrs, ascendían a 6.101.998 mrs., imposibles de satisfacer en aquel momento por la hacienda señorial pues la Casa de Estúñiga necesitaba para su normal funcionamiento unos 4.000.000  ¿La solución? Entregar a su futura esposa las villas extremeñas de Capilla y Burguillos, integradas desde hacía muchas décadas en el mayorazgo de la Casa que correspondía heredar a su hijo, Pedro de Estúñiga Manrique.  Unas de las joyas del mayorazgo, habida cuenta de su rentabilidad.

Podía haberse recurrido a otras formas nada lesivas para el hijo del conde para entregar las arras y de satisfacer las deudas. Pero el propio Álvaro I afirmó que lo hizo así para satisfacer los deseos de su mujer que participó directamente en el establecimiento de los conciertos matrimoniales, tanto porque su edad se lo permitía como por su ambición y fuerte personalidad. Ella se aseguró en 1460, cuando aún no tenía hijos, que si moría sin tenerlos Pedro de Estúñiga Manrique y quería recuperar para el mayorazgo las villas enajenadas, debía pagar a los deudos de su madrastra el dinero que valían.

El nacimiento del primero de sus vástagos alteró ya de forma definitiva las relaciones entre los condes y los hijos habidos en el primer matrimonio, especialmente de Pedro, que contempló como se había expoliado su herencia. Otros de sus hermanos, por ejemplo Álvaro, futuro prior de la orden de San Juan y Francisco, que más tarde fue el señor de Mirabel, marcharon a refugiarse a los señoríos cordobeses de su hermana Elvira, casada con el conde de Belalcázar….Háganse idea de la situación, bien expresada por el cronista frey Alonso de Torres y Tapia que dejó escrito que el odio que los hijos varones sintieron por su madrastra, alcanzó la misma intensidad que el que sintió la condesa hacia los hijos de su esposo. Es decir, que la idea expresada en la carta de Juan II de que matrimonio iba a servir para seruicio y pacificación de los reinos, fue un error de consecuencias incalculables. Las diferentes ramas de la familia Estúñiga, acompañadas en muchas ocasiones por otros linajes con los que tenían anudados vínculos familiares o políticos, entraron en un periodo de luchas intestinas que se prolongó durante décadas. Y eso desestabiliza a la monarquía y a la población, pues las ciudades son víctimas de enfrentamientos callejeros y los campos arrasados.

Entre 1461 y 1464 los condes tuvieron tres hijos, dos hembras, Isabel y María y el añorado varón, Juan. A partir de entonces la vida de doña Leonor sólo tuvo un objetivo: situar adecuadamente a su particular familia, sin parar en la fórmula y, para ello, recurrió a todos los medios a su alcance. Uno de los más eficaces para medrar en el horizonte político fue la participación en las luchas internas de la nobleza de la Corona de Castilla por conseguir el poder: la situación, por lo demás no pudo ser más propicia, el reinado de Enrique IV, el monarca más débil de la época medieval. Mujer de iniciativas, fue ella quien concertó importantes alianzas políticas, deshizo otras tantas y aconsejó a nobles y a reyes, tanto al legítimo como al  usurpador. Veamos sólo algunos ejemplos:

Leonor, que como les he comentado recabó la ayuda real desde que aquél subió al trono, a partir de 1465, entró de pleno en la política del momento: de ahí su participación principal en la guerra que mantuvieron Enrique IV y sus seguidores contra los partidarios del príncipe Alfonso. Y más adelante, a partir de 1467 en la que enfrenta a Enrique con su hermana Isabel, lo que significaba una mudanza radical en los presupuestos políticos del linaje. Es decir, que cambió de opinión cada vez que lo creyó oportuno y, el conde, también. Pero la documentación indica con absoluta claridad que fue ella la autora de estas mudanzas. Resultado de esta participación en la política de la época, fueron el ducado de Arévalo,  un importantísimo juro para los hijos de la Pimentel y otras muchas mercedes. Plasencia durante un tiempo se convirtió en la capital política del reino, la otra era Arévalo. A ninguna de las dos ciudades les vino bien, según se denuncia en las actas del concejo municipal de ambos lugares.

A partir de 1474 militó, y de nuevo con ella el ya duque de Arévalo, en el bando que defendía los derechos a la Corona de Castilla de la princesa doña Juana. En este caso tenía varios motivos para hacerlo, pero la fundamental era que las mercedes adquiridas en la época anterior, especialmente el ducado de Arévalo, se perdieran. El resultado fue nefasto para la Casa de Estúñiga al estar en el bando equivocado, pues, efectivamente, perdió Arévalo, aunque logró el apoyo de la Corona para conquistar el maestrazgo de Alcántara para su hijo Juan, que fue solemnemente investido en Alcántara el 23 de enero de 1475.

Y aunque parezca que fue un buen cambio, dado el poder político, económico y social del maestre de tal orden, no fue así. Más bien, llevó a su casa a la ruina. Porque las capitulaciones que hubieron de firmar los duques de Arévalo con los Reyes Católicos fueron muy duras, al perder las ganancias adquiridas en la época de los grandes conflictos políticos. A ello hemos de sumar la ingente cantidad de dinero que la Pimentel usó para la conquista, encomienda por encomienda, de Alcántara, pues los reyes dieron su apoyo, pero apenas dinero. Y ella hubo de vender, entre otras grandes propiedades, las andaluzas, ni más ni menos que los señoríos heredados de su abuela Elvira de Ayala; Mayorga hacía años que también había sido enajenada, por falta de liquidez. Y Alcántara prácticamente se perdió pues en 1494 la orden quedó incorporada a la Corona tras la <> de Juan de Estúñiga, su último maestre, que recibió una importante indemnización, pero si la comparamos con lo que costó adquirirla, aquélla fue una miseria.

Cuando en 1486 Leonor Pimentel se siente morir, víctima de una repentina enfermedad que apenas si la dejaba hablar, mandó a sus tres hombres de confianza, entre ellos el deán Diego de Jerez, que hicieran en su nombre testamento. Advirtió que sus cuentas fueran muy bien myradas. Genio y figura hasta la sepultura, el gran panteón diseñado en sus más locos sueños, San Vicente, para ensalzamiento de su persona y de sus hijos.

Quisiera terminar esta charla con una última consideración: a los ojos del historiador del siglo XXI, el estudio de esta dama resulta tan interesante como desconcertante. Sin negar lo que fue una realidad, esto es, que su proceder no fue ejemplar, es preciso también valorar en su justa medida al personaje y su papel no sólo dentro del conjunto familiar, sino también en la sociedad política de la época. Para ello se hace preciso olvidarnos de apreciaciones pasadas y examinar su amplia biografía con nuevos criterios y un enfoque renovado

He escudriñado en su biografía en busca de rasgos positivos que resaltar. Sólo he hallado uno:

Se ha escrito que congregó en su palacio y convento de Plasencia a un grupo de féminas dedicadas a la lectura, a la práctica de la oración metódica y a la contemplación, del que formaron parte su hija María, varias damas de Plasencia y la beata Juana Gudiel. La información –con ser muy valiosa- no permite conocer la realidad de la formación intelectual de la joven Pimentel. Ni siquiera el estudio de los libros que formaron su biblioteca, pues su colección no asegura que los hubiera utilizados sino, en última instancia, el interés por formar una librería, tal y como hacían otros miembros de la nobleza magnaticia. Precisamente por aquellos años, su tío Alfonso Pimentel,  conde de Benavente, reunía una de las más notables de las que se conocen en la Castilla bajomedieval, compuesta por más de 126 volúmenes entre los que había algunos títulos cuyos autores –Tito Livio, Séneca, Bocaccio, Villena, Raimundo Lulio- expresan su preocupación por el humanismo.

Pero es más que probable que Leonor Pimentel tuviera un sincero interés por la cultura: de hecho, tanto en la corte de sus abuelos Estúñigas como en la que posteriormente ella formó en Plasencia pululaban gentes de elevada instrucción: escritores como Diego Ruiz y Evangelista, poetas de la talla de Alonso de Cervantes, que era además el corregidor de la villa de Burguillos, al sur de la actual provincia de Badajoz, cronistas tales como el célebre Diego de Valera o Alonso de Palencia, y sobre todo el filósofo, teólogo y astrónomo Alonso de Madrigal el Tostado.

Consecuencia de ese interés por las nuevas corrientes humanísticas fue la fundación de un gran centro de instrucción religiosa en Plasencia, una cátedra de Teología, donde podrían acudir, entre otros, estudiantes pobres que no podían permitirse acudir a otras universidades. Una inquietud intelectual que supo transmitir a sus hijos, a quienes procuró la mejor preparación intelectual.

Cuando don Juan se retiró a Villanueva de la Serena y a Zalamea para dedicarse a sus aficiones favoritas, el estudio y la caza formó una corte considerada como una de las más importantes de la época. En ella trabajaron los más eminentes eruditos y artistas del momento, entre los que destacan el jurista frey Gutierre de Trejo, el astrólogo judío Abasurto, el gramático Antonio de Nebrija y el músico y maestro de capilla Solórzano. Y esta labor cultural de la condesa fue altamente loable. Por ello merece ser recordada en Plasencia. Por lo demás, evidentemente no.


GLORIA LORA SERRANO.- Conferencia C.I.T. año 2010.


Jose Antonio Pajuelo Jiménez - Pedro Luna Reina.

                                                          "CREANDO CULTURA".